Hay una pregunta que parece sencilla hasta que alguien nos la hace de verdad: ¿qué sueñas para ti?
No para tus hijos. No para tu familia. No para el trabajo que sostienes. Para ti.
En nuestra conversación de Caminos en Espiral, Itzel Sánchez recuerda el momento en que se encontró frente a esa pregunta y no pudo responder. Se puso a llorar. Había dedicado tanta energía a trabajar, sostener económicamente a su familia y cumplir sus responsabilidades que había perdido de vista sus propios deseos.
Itzel es maestra, ha dirigido varias escuelas y hoy, como terapeuta Hakomi, acompaña a madres con hijos adolescentes. Pero en este encuentro también habla desde su experiencia como mujer y como madre de dos hijas. Su historia nos abre una pregunta que atraviesa toda la conversación: ¿cómo empezar a regresar a nosotras cuando llevamos tanto tiempo volcadas hacia afuera?
Perdernos entre lo que hacemos por los demás
La maternidad puede ocupar tanto espacio que terminamos presentándonos, y siendo reconocidas, como “la mamá de”. Cuando los hijos crecen y empiezan a necesitar una presencia diferente, esa identidad puede temblar. Lo que organizaba nuestros días cambia y aparece una incertidumbre: ¿hacia dónde quiero caminar ahora?
Sin embargo, Itzel amplía la mirada. También podemos perdernos en el trabajo, en sostener una casa, en cuidar una relación o en intentar que todo funcione perfectamente.
No hay una única manera de alejarnos de nosotras. A veces sucede mientras atendemos responsabilidades necesarias, importantes y llenas de amor. Poco a poco, la pregunta por lo que queremos queda aplazada.
Hasta que un día tenemos tiempo, o la vida nos obliga a detenernos, y descubrimos que no sabemos qué nos gusta, qué nos da alegría o cuál podría ser nuestro siguiente paso.
Cuando la culpa toma la palabra
Al mirar hacia atrás, muchas veces aparece la culpa.
Por haber trabajado demasiado. Por haber dejado el trabajo. Por haber protegido de más o por no haber estado suficientemente presentes. Siempre parece existir una versión de lo que “deberíamos” haber hecho.
Itzel cuenta que, ante las dificultades de salud mental de su hija, su primera respuesta fue juzgarse como madre. La culpa y la vergüenza llegaron juntas. Hoy reconoce la dureza con la que se trató en ese momento.
En la conversación nombramos ese látigo interior que está listo para señalar lo que faltó, pero pocas veces se detiene a reconocer todo lo que sí pudimos sostener.
Aprender a tratarnos con compasión requiere práctica. A Itzel le resultaba más fácil ofrecerla a otras personas que dirigirla hacia sí misma. Por eso tiene un recordatorio en su escritorio: reconocerse más y exigirse menos.
Reconocer lo vivido nos permite mirar nuestras decisiones con más contexto: qué sabíamos entonces, qué recursos teníamos y qué estábamos intentando cuidar.
Una pausa para recordar que estamos aquí
Entre las prácticas que Itzel comparte hay una especialmente sencilla: una alarma en su celular con tres palabras.
Para. Respira. Vive.
Cuando suena, hace una pausa y toma algunas respiraciones conscientes. Ese pequeño espacio le permite notar cómo está y recordar que también puede vivir el momento, además de resolverlo.
Si está atravesando algo difícil, la pausa le ayuda a tomar perspectiva. Si está disfrutando, le recuerda dejar que ese disfrute llegue al cuerpo.
Podemos probarlo sin convertirlo en otra exigencia. Detenernos un instante, respirar a nuestro ritmo y preguntarnos: ¿cómo estoy?, ¿qué necesito?, ¿hay algo de este momento que quiero saborear?
Darles lugar a nuestras distintas partes
Volver a ti también implica encontrarte con partes que quizá habías dejado escondidas.
Itzel habla de su guerrera: esa parte que aparece rápidamente, dispuesta a resolver y a defender. Durante mucho tiempo tuvo un papel fundamental en su vida. Hoy está aprendiendo a reconocer cuándo necesita su fuerza y cuándo quiere responder de otra manera.
La imagina sentada a su lado, junto a la compasiva, la alegre, la que baila y la que se enoja.
Esa imagen nos invita a escuchar lo que ocurre por dentro antes de actuar. ¿Qué parte tomó la palabra? ¿Qué está intentando proteger? ¿Qué otra voz necesita participar?
Para reconocerse, Itzel utilizó una hoja con las palabras “Yo soy”. Allí fue anotando lo que descubría en su vida cotidiana: la que baila, la que llora, la que siente hambre, la que se enoja.
Una forma de recuperar una identidad más amplia, con espacio para todo lo que somos.
Escuchar las emociones y cuidar cómo las expresamos
El baile, el llanto y la atención al cuerpo aparecen en esta conversación como caminos personales de reconocimiento.
Itzel cuenta que durante años aplazó las lágrimas. Si tenía ganas de llorar mientras trabajaba, se decía que lo haría por la noche. Pero al llegar la noche estaba demasiado cansada. Siempre había una razón para dejarlo después.
Permitirse llorar fue una parte importante de su proceso. También lo fue reconocer la rabia.
En nuestro diálogo encontramos un punto compartido: podemos reconocer el enojo y escuchar el límite que señala, mientras aprendemos a cuidar la manera en que lo expresamos. A veces corresponde pedir disculpas por la forma y, al mismo tiempo, sostener aquello que necesitamos decir.
Dejarte sostener también es parte del camino
Itzel llama a su espacio de acompañamiento “Déjate sostener”. Ese nombre recoge una de las ideas más valiosas de nuestro encuentro: podemos permitir que alguien nos acompañe mientras aprendemos a confiar en nosotras.
Ella recuerda las personas y los espacios que fueron sostén en momentos difíciles. Cada encuentro aportó algo a su reconstrucción.
El acompañamiento también permite volver sobre un tema sin sentir que hemos fallado. Como dice Itzel, podemos regresar al mismo sitio siendo diferentes: con más conciencia de lo que sentimos y con nuevas posibilidades para responder.
Quizá tu primer paso sea reconocer un deseo que habías aplazado. Quizá sea bailar, darle espacio a una emoción o buscar un lugar donde puedas hablar con confianza.
Al cerrar la conversación, Itzel nos invita a respirar, reconocer que estamos aquí y recordar que no estamos solos.
Desde ese lugar, te dejo una pregunta:
¿Qué parte de ti está esperando que vuelvas a darle un lugar en tu vida?
Puedes escuchar la conversación completa con Itzel Sánchez en el canal de YouTube de Caminos en Espiral, donde escuchamos otros caminos para encontrar el propio.