Podemos hacer terapia, atravesar procesos de sanación, cambiar de trabajo, terminar una relación o comenzar una vida completamente nueva. Podemos transformarnos profundamente por dentro y, aun así, continuar vistiéndonos y mostrándonos como la persona que fuimos.
Nuestra imagen también guarda memoria.
En esta conversación de Caminos en Espiral, Cristina Paz y Miño, asesora de imagen, nos invita a mirar la ropa más allá de la estética. El clóset puede revelar las etapas que todavía retenemos, las expectativas que hemos intentado cumplir y las versiones de nosotras que, aunque ya terminaron su ciclo, siguen ocupando espacio.
La pregunta que cambió mi manera de mirarme
Conocí a Cristina durante uno de los momentos más difíciles de mi vida. Estaba atravesando mi divorcio y el duelo por la muerte de mi papá. En medio de ese proceso, ella me hizo una pregunta muy sencilla:
¿Qué te gusta de ti?
Esa pregunta me transformó porque me hizo reconocer que había pasado gran parte de mi vida concentrándome en aquello que no me gustaba. Y no solamente en relación con mi cuerpo o mi apariencia: también lo hacía en muchas otras áreas de mi vida.
Comenzar a mirar lo que sí me gustaba y aprender a resaltarlo cambió mi forma de vestirme, de verme y de relacionarme conmigo. La imagen dejó de ser una herramienta para ocultar lo que consideraba imperfecto y comenzó a convertirse en una forma de reconocerme con amor.
Cuando la transformación interior no se ve por fuera
A veces evolucionamos interiormente, pero nuestra imagen queda detenida en una etapa anterior. Seguimos usando la ropa de la mujer que fuimos hace cinco, diez o veinte años; de la madre que acababa de tener hijos, de la profesional que necesitaba demostrar su capacidad, de la mujer que atravesaba una separación o de aquella que buscaba pasar desapercibida.
Cristina plantea una pregunta esencial: si estoy cambiando por dentro, ¿por qué continúo mostrándole al mundo la mujer que fui?
Alinear nuestra imagen no significa construir un personaje nuevo. Tampoco significa seguir tendencias o vestirnos según las expectativas ajenas. Significa permitir que lo externo acompañe el proceso que ya está sucediendo en nuestro interior.
Cuando nos sentimos bien y, al mismo tiempo, nos vemos representadas en nuestra imagen, dejamos de experimentar esa distancia entre quienes somos y lo que comunicamos.
El clóset también guarda nuestra historia
Al abrir un armario no encontramos únicamente prendas. Encontramos recuerdos, apegos, pérdidas, inversiones, culpas y versiones de nuestra identidad.
Podemos conservar una blusa porque nos la regaló alguien importante, guardar durante años una prenda costosa que ya no usamos o mantener ropa de una etapa que terminó hace mucho tiempo. Aunque esas prendas no participen en nuestra vida actual, desprendernos de ellas puede sentirse como dejar atrás una parte de nuestra historia.
Cuando me preparaba para venir a vivir a Argentina, reduje toda mi casa a dos maletas. Al revisar mi ropa tuve que hacerme una pregunta concreta: ¿Cuál es la vida que quiero vivir y qué necesito para esa vida?
Mucha de mi ropa pertenecía a una Cata que vivía en la ciudad y se vestía como ejecutiva. Pero yo estaba eligiendo una vida en el campo. Conservar aquellas prendas implicaba cargar físicamente con una identidad que ya no correspondía con el camino que había escogido.
Soltar no significa rechazar a la persona que fuimos. Podemos agradecerle a cada prenda lo que representó y reconocer que cumplió su ciclo. Algunas cosas merecerán permanecer como recuerdos; otras podrán salir para abrir espacio a la vida que estamos construyendo.
Vestirnos también es un acto de conciencia
Nuestra ropa comunica incluso antes de que pronunciemos una palabra. Comunica cercanía, autoridad, seguridad, apertura o deseo de pasar desapercibidas. Sin embargo, no necesitamos expresar lo mismo en todos los espacios.
Podemos ser madres, parejas, empresarias, creadoras y amigas. Cada uno de esos escenarios activa una parte diferente de nosotras. La pregunta no es cuál de esas versiones es la verdadera, porque todas forman parte de quienes somos. La pregunta es: ¿cómo quiero sentirme y qué quiero comunicar hoy?
Hacernos esta pregunta antes de vestirnos convierte un gesto cotidiano en un ejercicio de presencia.
La ropa también puede acompañar nuestro estado emocional. Si atravesamos tristeza o desánimo, podemos vestirnos inconscientemente desde esa emoción y reforzarla. Pero también podemos elegir colores, texturas y prendas que nos ayuden a recuperar energía, seguridad o alegría.
No se trata de negar lo que sentimos ni de cubrir el dolor con una apariencia perfecta. Se trata de permitir que nuestra imagen nos sostenga mientras atravesamos lo que estamos viviendo.
Dejar de vestirnos para los demás
Durante mucho tiempo podemos vestirnos para cumplir expectativas: para no llamar demasiado la atención, para encajar, para parecer exitosas, para ser aceptadas o para representar la idea que otros tienen de nosotras.
La invitación de Cristina es volver a una pregunta más íntima: ¿cómo sería vestirme para mí?
Tal vez nuestra nueva versión quiere sentirse más visible. Tal vez necesita color, libertad, comodidad o fuerza. Tal vez está lista para ocupar un lugar que antes le daba miedo habitar.
La imagen personal puede ser una herramienta profundamente sanadora cuando deja de utilizarse para corregirnos y comienza a ayudarnos a expresarnos. No necesitamos vestirnos para convertirnos en otra persona, sino para reconocer y mostrar con mayor libertad a la mujer que ya somos.
Quizás hoy sea un buen momento para abrir tu clóset y preguntarte:
¿Esta ropa representa la vida que estoy viviendo y la mujer en la que me he convertido?
A veces, el siguiente paso de nuestra transformación comienza con algo tan sencillo como agradecer lo que ya cumplió su ciclo, dejarlo ir y abrir espacio para nosotras.