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Lo tenía todo, pero algo faltaba: el despertar de José Luis Jerez

¿Qué ocurre cuando alcanzas aquello que durante años entendiste como éxito y, al llegar, descubres que todavía hay algo dentro de ti que no está satisfecho?

José Luis Jerez es abogado, socio de una de las consultoras más grandes del mundo y responsable de asuntos vinculados con tecnología en el mercado latinoamericano. Desde afuera, su vida parecía responder perfectamente al camino que muchos aprendimos que debíamos seguir: estudiar, trabajar, crecer profesionalmente, construir estabilidad y alcanzar reconocimiento.

Él mismo sentía que había logrado todo lo que se suponía que debía lograr. Tenía un buen trabajo, buenos ingresos, una esposa maravillosa y una vida que, mirada desde afuera, podía considerarse exitosa.

Sin embargo, comenzó a sentir un vacío que no sabía explicar.

No era necesariamente el deseo de abandonar su vida. Era más parecido a un llamado interior, a la sensación persistente de que había algo detrás de él tocándole el hombro. Algo que le pedía mirar más allá del personaje que había construido y de las respuestas con las que había vivido hasta entonces.

Cuando la vida que construiste deja de alcanzarte

Durante muchos años, José Luis estuvo profundamente vinculado con la religión católica. Incluso llegó a pensar, durante su adolescencia, que podría convertirse en sacerdote. Con el tiempo comenzaron a aparecer preguntas y desacuerdos frente a la institución religiosa, aunque su conexión con Dios permanecía intacta.

Esta tensión abrió una grieta en la estructura desde la cual comprendía el mundo. A ella se sumó la experiencia de ver a un socio cercano atravesar una profunda crisis emocional y comenzar un proceso terapéutico que transformó su vida.

Así llegó José Luis a una experiencia acompañada con medicina sagrada que, según cuenta, marcó el comienzo de su despertar. Él mismo aclara que esta es una experiencia personal, no una recomendación: estas prácticas no son para todo el mundo y requieren responsabilidad, preparación y acompañamiento profesional adecuado.

Para él, aquella experiencia significó abrir una puerta. Sintió que podía continuar viviendo dentro de lo conocido o entrar en un territorio completamente nuevo, sin tener todavía un mapa para recorrerlo.

Eligió atravesar la puerta.

Pero pronto descubrió que despertar no significa tener todas las respuestas. Significa comenzar a mirar de otra manera.

Despertar no es escapar de la vida

En esta conversación, despertar no aparece como un estado superior ni como una meta que algunas personas alcanzan antes que otras. José Luis lo describe como el momento en que comenzamos a tener mayor conciencia de quiénes somos, de los personajes que representamos y de todo aquello que existe más allá de esos roles.

Para explicarlo, propone una imagen sencilla: un gran cuarto lleno de personas dormidas. En algún momento, una de ellas abre los ojos y descubre que ya no tiene sueño. Su primer impulso puede ser despertar a todos los demás, pero quienes continúan durmiendo quizá todavía necesitan hacerlo.

La responsabilidad de quien despierta no es sacudirlos ni obligarlos a mirar. Es salir del cuarto, esperar en la puerta y estar disponible para recibir a quien también abra los ojos y necesite orientación.

Cada persona despierta cuando está preparada para asumir lo que ese despertar trae consigo. No solo nuevas posibilidades, sino también preguntas, responsabilidades y partes de sí misma que tendrá que aprender a reconocer.

Esta mirada transforma también la forma de acompañar a otros. No se trata de entregarles nuestra verdad, sino de compartir lo que hemos recorrido para que puedan construir su propia manera de comprender la vida.

El ego no tiene que desaparecer

Una de las imágenes más poderosas de la conversación es la del ego conduciendo un automóvil.

Durante una parte de su vida, José Luis siente que viajaba en el asiento trasero, dentro de un carro con las ventanas oscuras. No veía claramente lo que había afuera y el ego conducía: elegía la dirección, seguía el GPS aprendido y decidía hacia dónde avanzar.

Cuando comenzó a despertar, pudo reconocer quién estaba manejando. Entonces no expulsó al ego del vehículo ni intentó destruirlo. Le agradeció por haberlo protegido y por todo lo que le había permitido alcanzar, pero decidió recuperar el volante.

Para José Luis, el ego es una parte necesaria de nuestra experiencia humana. Puede ayudarnos a hablar en público, alcanzar objetivos, ocupar nuestro lugar y movernos en el mundo. El problema aparece cuando le entregamos por completo la dirección de nuestra vida.

También existe un ego espiritual. Podemos pasar de identificarnos con nuestros logros profesionales a identificarnos con la idea de ser más conscientes, más evolucionados o poseedores de una verdad que los demás todavía no conocen.

Por eso, el verdadero trabajo no consiste en matar el ego, sino en observarlo. Reconocer cuándo quiere conducir y aprender a utilizar su fuerza sin permitir que gobierne nuestras decisiones.

Del miedo como freno al miedo como señal

Atravesar una puerta nueva también implica encontrarnos con el miedo.

Podemos bajar la ventana del automóvil, descubrir la belleza del bosque y la montaña, y encontrarnos al mismo tiempo con un tigre. Frente a él, es natural sentir el impulso de volver a cerrar la ventana y regresar a lo conocido.

José Luis propone observar el miedo y nombrarlo antes de permitir que construya innumerables futuros posibles. Porque muchas veces no reaccionamos ante algo que realmente está ocurriendo, sino ante todos los escenarios que nuestra mente imagina que podrían ocurrir.

El miedo puede paralizarnos, pero también puede mostrarnos el lugar exacto en el que comienza una transformación. Detrás de él suelen estar las estructuras que necesitamos revisar, las verdades que evitamos reconocer o la vida que todavía no nos atrevemos a elegir.

Atravesarlo no significa dejar de sentirlo. Significa no entregarle el poder de decidir por nosotros.

La espiritualidad también necesita criterio

Abrirse a una comprensión más amplia de la vida no implica creer en todo. José Luis insiste en la importancia de desarrollar un criterio espiritual: escuchar, experimentar, observar y tomar aquello que verdaderamente resuena, sin asumir que toda experiencia o enseñanza tiene que convertirse en nuestra verdad.

Cada persona construye su propia cosmovisión. Podemos acercarnos a la fuente desde religiones, filosofías, prácticas o lenguajes diferentes sin que eso signifique que uno de ellos posee la única respuesta.

Para explicarlo, José Luis habla de una montaña con muchos caminos. Cada persona comienza a subir desde una cara distinta, atraviesa terrenos con diferentes niveles de dificultad y recorre una ruta particular. Aunque nuestros caminos no sean iguales, quizá todos nos dirigen hacia la misma cima.

El desafío está en honrar el camino propio sin negar el de los demás.

Ocuparnos primero de nuestro metro cuadrado

Cuando comenzamos a descubrir nuevas formas de comprender la vida, podemos sentir el impulso de ayudar, corregir o transformar a todos los que están a nuestro alrededor. Pero ¿cómo podemos acompañar a otro si todavía no estamos dispuestos a mirarnos?

José Luis propone comenzar por el metro cuadrado que ocupamos. Limpiar nuestro espacio, observar nuestras heridas, asumir nuestras decisiones y reconocer los personajes que todavía conducen nuestra vida.

La sanación no es un punto de llegada. Es un proceso continuo en el que cada respuesta abre una nueva pregunta y cada capa que retiramos nos permite descubrir otra más profunda.

Solo desde ese trabajo personal podemos compartir herramientas con los demás sin imponerles nuestro camino.

Ser una antorcha, no provocar un incendio

Hacia el final de la conversación aparece una imagen que resume la manera en que podemos acompañar a otros.

Quien ha encontrado un poco de luz no necesita perseguir a los demás para encenderlos. Puede permanecer como una antorcha: visible, presente y disponible. Quien necesite ese calor se acercará y preguntará si puede encender allí su propia llama.

Si intentamos lanzar nuestro fuego sobre todo el mundo, podemos quemar o encandilar. Pero si sostenemos nuestra luz con humildad, alguien podrá acercarse, encender la suya y continuar su propio sendero.

Quizá despertar sea justamente eso: asumir la responsabilidad de nuestra propia vida, respetar el proceso de los demás y convertirnos, poco a poco, en una presencia que ilumina sin imponer.

Como dice José Luis al cerrar esta conversación: si ya comenzaste a caminar, sigue caminando. No permitas que el miedo se apodere del camino. Escucha, prueba, aprende y construye tu propia comprensión de la vida. Toma lo que te sirva y deja continuar aquello que no sea para ti.

El camino es largo. Y quizá esa sea, precisamente, su belleza.

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