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Aprender a amar las transiciones: una conversación con Mela

Queremos que las cosas cambien, pero quisiéramos saltarnos el tiempo que existe entre la vida que conocemos y aquella que deseamos vivir. Cerramos los ojos y esperamos despertar siendo otra persona, habitando una realidad diferente, con las respuestas finalmente ordenadas.

Sin embargo, como nos recuerda Mela en esta conversación, toda transformación contiene una transición. Incluso algo aparentemente sencillo, como cambiar el color del pelo, implica dejar atrás una imagen conocida, atravesar un proceso y aprender a convivir con la nueva. Mucho más cuando lo que cambia es nuestro trabajo, nuestra familia, nuestro país, una relación o la manera en que nos reconocemos.

La vida no deja de movernos. Y quizá una de las grandes preguntas no sea cómo evitar los cambios, sino cómo aprender a habitarlos.

Cuando la vida comienza a avisarnos

Mela ha atravesado muchas transformaciones: vivió once años fuera de su país, experimentó cambios profesionales, un divorcio, la muerte de sus padres y la partida de sus tres hijos. Cada una de estas experiencias modificó su realidad, pero también le pidió revisar quién era dentro de ella.

El nido vacío, por ejemplo, no significó dejar de ser mamá. Significó aprender una nueva manera de serlo: cercana aun en la distancia, presente sin ocupar el mismo lugar y capaz de permitirles a sus hijos construir sus propias vidas.

Porque cuando un rol cambia, no solamente se modifica lo que hacemos. También se mueve la identidad que construimos a su alrededor.

Muchas veces sabemos que un ciclo está terminando antes de poder reconocerlo en voz alta. Sabemos que un trabajo ya no nos hace bien, que una relación cambió o que una forma de vivir dejó de alcanzarnos. La vida comienza a enviar señales, pero podemos pasar mucho tiempo tapándonos los ojos porque soltar aquello conocido también significa preguntarnos quiénes seremos después.

Las expectativas que nadie nos pidió cumplir

Uno de los descubrimientos más importantes en el camino de Mela fue reconocer cuánto había vivido intentando responder a las expectativas de los demás. No necesariamente a expectativas expresadas, sino a lo que ella imaginaba que su mamá, sus hijos, sus parejas o las figuras de autoridad esperaban de ella.

Así podemos construir personajes completos alrededor de una suposición. Intentamos ser la mamá perfecta, la profesional exitosa, la pareja que nunca falla o la mujer capaz de sostenerlo todo. Creemos que, si conseguimos hacerlo, seremos vistas, queridas y aceptadas.

Pero a veces nadie nos pidió que fuéramos todo eso.

Derribar esas expectativas imaginadas le permitió a Mela recuperar su identidad y hacer las paces consigo misma. Ya existía un profundo autoconocimiento, pero faltaba algo diferente: el autorreconocimiento. Poder decir: “Esto soy”, con lo luminoso y lo incómodo, con lo divertido y lo aburrido, con lo que ya está bien y con aquello que todavía puede aprender.

Aceptar nuestra imperfección no nos impide crecer. Nos permite hacerlo desde un lugar más auténtico.

Vivir sin misterio

Mela comparte una expresión que se convirtió en una forma de relacionarse con sus hijos y con sus equipos de trabajo: vivir “sin misterio”.

Si algo ocurrió, se puede mirar. Si los resultados no fueron buenos, se nombran. Si alguien cometió un error, se conversa. Si aparece un problema, podemos preguntar qué pasó, qué necesita y cómo piensa resolverlo, sin añadir inmediatamente vergüenza, rechazo o condena.

Esto también supone aprender a diferenciar los hechos de las historias que construimos alrededor de ellos.

Una persona no nos saludó: ese puede ser el hecho. “No me saludó porque no me quiere” es una interpretación. Quizá estaba distraída, preocupada o entrando a una llamada. Sin embargo, cuando la mente adopta una explicación, comienza a buscar pruebas que la confirmen. Un gesto, una mirada o un silencio terminan alimentando una historia que podría no ser cierta.

Mirar una situación sin misterio no significa negar las emociones ni minimizar lo que duele. Significa acercarnos lo suficiente para ver qué ocurrió realmente. Desde allí podemos actuar, pedir ayuda, reparar, cambiar de dirección o tomar una decisión.

Mientras algo permanece cubierto por el miedo y la interpretación, parece imposible de atravesar. Cuando logramos mirarlo, comienza a aparecer un camino.

¿Qué algoritmo estamos alimentando?

Durante la conversación surge una comparación muy clara: nuestra mente puede funcionar de una manera parecida al algoritmo de las redes sociales. Aquello a lo que prestamos atención comienza a ocupar cada vez más espacio.

Por eso Mela propone desafiar conscientemente esas conversaciones internas.

Cuando sus hijos eran pequeños y se decían algo hiriente, estableció una práctica: después de cada comentario negativo debían reconocer algo positivo del otro. Al comienzo podía sentirse forzado, pero poco a poco comenzaron a entrenar una forma diferente de mirar.

La propuesta no es ocultar lo difícil bajo pensamientos positivos. Es evitar que una única interpretación ocupe toda la realidad. Si aparece “no soy una buena mamá”, podemos detenernos y recordar también un gesto concreto de cuidado. Si pensamos “todo me sale mal”, podemos buscar algo verdadero que sí hayamos podido sostener.

No se trata de inventar una historia más bonita, sino de ampliar la mirada.

Una relación puede transformarse sin convertirse en abandono

Algunas de las personas más importantes para Mela viven lejos o ya murieron. Durante un tiempo, la primera interpretación frente a estas partidas fue: “La gente me abandona”.

Con el tiempo pudo construir otra manera de comprenderlo: cada persona estaba siguiendo su camino y la relación estaba adoptando una forma nueva.

Sus padres ya no están físicamente, pero ella reconoce a su mamá en las mariposas y a su papá en los colibríes. Sus hijos viven sus propias experiencias y, aunque la distancia también duela, eso no borra la cercanía ni la historia compartida.

Aceptar la transformación de un vínculo no significa dejar de extrañar. Significa comprender que algo puede terminar de una manera y continuar de otra.

En ocasiones necesitamos entregar una etapa para que la siguiente pueda nacer. Debemos despedir la infancia para entrar en la adolescencia, permitir que nuestros hijos crezcan para que construyan su propia vida y soltar ciertas versiones de nosotros para descubrir quién está intentando aparecer.

Del sacrificio a la decisión

Hay una palabra con la que Mela eligió dejar de convivir: sacrificio. En su lugar utiliza la palabra decisión.

La diferencia no es pequeña. Cuando pensamos que nos sacrificamos, podemos sentir que la vida o los demás nos arrebataron algo. Cuando reconocemos que tomamos una decisión, recuperamos la responsabilidad sobre ella y aceptamos las renuncias que contiene.

Elegir ser mamá, construir una relación, desarrollar una profesión o emprender un proyecto implica que no podremos hacerlo todo al mismo tiempo. Cada camino abre unas posibilidades y deja otras afuera. La paz no aparece porque desaparezcan las dificultades, sino porque podemos ser consecuentes con aquello que elegimos.

Por supuesto, no todas nuestras decisiones fueron tomadas con la misma conciencia. Algunas nacieron de un mandato, una necesidad o una versión de nosotros que todavía no sabía qué quería. También podemos reconocerlo. Podemos decir: “Este camino ya no es mío” y elegir nuevamente.

El problema comienza cuando esperamos que toda la realidad se acomode para no tener que renunciar a nada.

De la víctima al protagonista

El dolor necesita ser escuchado. Hay momentos en los que necesitamos detenernos, recibir cuidado y permitir que alguien nos sostenga. Pero también existe el riesgo de convertir lo que nos ocurrió en la identidad desde la cual vivimos.

Ser la víctima puede ofrecernos momentáneamente atención, compasión e incluso un lugar dentro de un grupo. Sin embargo, permanecer allí nos quita capacidad de acción.

Como dice Mela, las personas quieren encontrarse con el protagonista, no quedarse indefinidamente a cargo de la víctima.

Convertirnos en protagonistas no significa negar lo que vivimos ni culparnos por ello. Significa preguntarnos qué podemos hacer ahora con la historia que tenemos. Podemos sentir dolor y, al mismo tiempo, elegir. Podemos necesitar ayuda y seguir siendo responsables de nuestro camino. Podemos reconocer lo que perdimos sin hacer de la pérdida nuestro único nombre.

Definir el propio camino

Durante mucho tiempo, Mela sintió que debía llegar a ser “alguien”, pero esa palabra no tenía un significado propio. ¿Alguien exitoso? ¿Alguien feliz? ¿Alguien importante según la mirada de quién?

Cuando no definimos qué significan para nosotros el éxito, la felicidad o la paz, dejamos ese espacio abierto para que lo llenen las expectativas culturales, familiares y sociales.

Volver a sí misma le permitió construir su propio norte. Desde allí pudo reconocer con qué contaba, qué necesitaba aprender y cómo quería atravesar la distancia entre el lugar donde estaba y aquel al que deseaba llegar.

Esto no elimina las versiones anteriores. El viejo personaje puede volver a aparecer, especialmente frente al miedo, la incertidumbre o el cansancio. La diferencia es que ahora podemos reconocerlo. Podemos darle un momento, escuchar lo que necesita y recordar que ya no tiene que conducir nuestra vida.

Verdad, bondad y belleza

Hacia el final de la conversación, Mela comparte tres palabras que hoy orientan su camino: verdad, bondad y belleza.

Vivir en la verdad para mirar lo que es. Compartir la bondad en la manera de relacionarnos. Encontrar belleza aun en medio de los cambios y las despedidas.

No todas las personas estarán preparadas para transitar el mismo camino ni tienen que hacerlo. Cada una despierta en su propio momento. Pero cuando comenzamos a vivir con mayor conciencia, también empezamos a encontrar las tribus con las que podemos caminar.

Transformar el mundo no comienza únicamente con grandes acciones externas. Empieza por observar nuestro propio mundo, reconocer las historias que lo organizan y asumir la responsabilidad de elegir cómo queremos vivirlo.

Quizá amar las transiciones no signifique que dejen de doler. Quizá signifique confiar en que, cada vez que una versión de nosotros termina, la vida no nos está dejando vacíos: está abriendo espacio para algo nuevo.

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