Vivimos rodeados de información. Leemos libros, escuchamos maestros, buscamos herramientas y recorremos las redes esperando encontrar una respuesta que nos ayude a sentirnos mejor o nos indique hacia dónde avanzar.
Todo eso que está afuera puede aportarnos. El problema aparece cuando nos distrae de nosotros mismos y terminamos creyendo que otra persona, un método o un lugar tienen el poder de mostrarnos quiénes somos.
En esta conversación con Nicolás Vélez exploramos otra posibilidad: tomar lo que encontramos afuera y ponerlo al servicio de un viaje hacia adentro.
No se trata de elegir entre el mundo exterior y el mundo interior. Somos seres que habitan ambos territorios. La invitación es aprender a escuchar lo que sucede afuera sin perder la conexión con lo que ocurre dentro de nosotros.
Incluso la desconexión puede ser un llamado
A veces creemos que solo podemos escuchar el llamado del alma cuando estamos en silencio, en calma o profundamente conectados. Sin embargo, Nico propone una mirada diferente: incluso el cansancio, la evasión, el dolor y esos momentos en los que pasamos horas desplazándonos por el celular pueden contener un llamado.
La desconexión también nos muestra algo.
Puede estar diciéndonos que necesitamos detenernos, volver a mirar lo que sentimos y reorganizar nuestra vida. En lugar de pelear con aquello que nos aleja de nosotros mismos, podemos acercarnos con curiosidad y preguntarnos qué información trae.
Porque también somos nuestras contradicciones, nuestros miedos, nuestras emociones alteradas y nuestras formas de escapar. Integrarnos no significa eliminar esas partes, sino aprender a escucharlas y encontrar una manera distinta de relacionarnos con ellas.
Hacer chisme con nosotros mismos
Una de las imágenes más bonitas de la conversación fue la invitación de Nico a recuperar el gusto por el “chisme interior”.
Hacer chisme con nosotros mismos es investigar cómo funcionamos sin convertir esa observación en un nuevo juicio. Es preguntarnos por qué reaccionamos de cierta manera, qué situaciones despiertan nuestras emociones, qué historias seguimos repitiendo y qué relación tienen nuestras experiencias pasadas con la vida que estamos creando.
Es como recibir las llaves de una casa que ya contiene todo lo que necesitamos y entrar a abrir sus puertas, mirar dentro de los cajones y descubrir qué ha estado guardado allí.
Esa curiosidad nos ayuda a ordenar nuestro mundo interior. Y cuando empezamos a reconocerlo, aparece un mapa.
Tener un mapa no significa que nunca volveremos a perdernos. Significa que, aun cuando no sepamos exactamente dónde estamos, podemos confiar en que existe un camino para regresar a nosotros.
El entorno también forma parte del mapa
Escuchar el corazón no implica ignorar el mundo que nos rodea. Las personas, las circunstancias, los límites y las resistencias también nos entregan información.
Durante la conversación apareció la imagen de las arenas movedizas. Si sabemos que una parte del territorio es inestable, podemos elegir otro camino o prepararnos para atravesarla. Tal vez necesitemos más fuerza, una cuerda o alguien que nos acompañe.
El entorno no necesariamente determina nuestras decisiones, pero sí nos muestra las condiciones reales del camino.
Podemos escucharlo sin entregarle nuestro poder. Podemos reconocer sus advertencias, mirar nuestras posibilidades y decidir cómo queremos avanzar.
El poder no está en el mapa
Los libros, los maestros, las prácticas y las herramientas pueden orientarnos, pero ninguno puede caminar por nosotros.
El poder aparece cada vez que tomamos una decisión y nos hacemos cargo de nuestro propio camino. Está en elegir cómo alimentarnos, pedir ayuda cuando no podemos solos, detenernos cuando necesitamos descansar o dar un pequeño paso hacia aquello que nuestro corazón viene señalando.
No siempre se manifiesta en una transformación enorme. Muchas veces vive en las decisiones pequeñas y cotidianas.
Nico hace además una distinción fundamental: poder no es lo mismo que control.
Cuando intentamos controlar cada detalle de la vida, muchas veces lo hacemos porque sentimos que no podremos responder si algo se sale de lo previsto. El control puede convertirse en una expresión del miedo y de la inseguridad.
Ordenar es diferente. Podemos organizar nuestra vida para avanzar hacia donde queremos y, al mismo tiempo, confiar en que, si algo se desordena, tendremos la capacidad de volver a encontrar nuestro centro.
Queremos que todo cambie sin cambiar nada
Nico compartió una frase que resume una contradicción profundamente humana:
“Yo quería que todo fuera distinto, pero que nada cambiara”.
Deseamos sentirnos diferentes, pero también percibimos todo lo que podría moverse si nosotros cambiamos. Queremos llegar a otra orilla, aunque nos cueste tomar los remos.
Avanzar no exige lanzarnos sin conciencia ni entregar por completo la dirección de nuestra vida. Tampoco significa quedarnos inmóviles hasta tener absoluta seguridad. Tal vez se trate de aprender a movernos entre esos extremos: escuchar el corazón, observar el territorio y poner de nuestra parte para caminar.
Habrá momentos en los que volveremos a pendular. La intención no es permanecer siempre en un centro perfecto, sino reconocer cuándo nos alejamos de él y aprender a regresar.
El sendero somos nosotros
Durante mucho tiempo, Nico encontró en la montaña un espacio de silencio, conexión y transformación. Pero este último año llegó a una comprensión diferente: el sendero no está solamente en la montaña; el sendero es él.
La naturaleza puede recordarnos la paz, la fluidez, la luz y la oscuridad que también viven dentro de nosotros. Sin embargo, aquello que experimentamos allí no se queda en ese lugar.
Nuestra energía nos acompaña.
Podemos llevar el sendero a la ciudad, al ruido, a nuestra casa y a los momentos de incertidumbre. Podemos recordar que la fuerza que sentimos en un lugar sagrado no pertenece únicamente a ese lugar: también habita en nosotros.
Quizás vivir el cielo en la tierra tenga que ver con eso. Con sentir el sostén de la tierra bajo nuestros pies, recibir la luz que llega desde arriba y reconocer el corazón como el espacio donde esas fuerzas se encuentran.
No necesitamos tenerlo todo resuelto ni vivir permanentemente en ese estado. Basta con comenzar a reconocer los instantes en los que esa conexión aparece y permitir que transforme nuestra manera de pensar, elegir y caminar.
¿Qué estás buscando afuera que quizás ya vive dentro de ti?
Cuéntanos en los comentarios qué parte de esta conversación resonó contigo. Tu experiencia también puede convertirse en un hilo que ayude a alguien más a encontrar su propio camino.