Hace poco escuché una explicación sobre la felicidad a partir de la teoría de la sintergia de Jacobo Grinberg y hubo una frase que se me quedó adentro: cuando la resistencia baja a cero, la energía que puede circular es enorme.
Y mientras la escuchaba pensé: esto es exactamente lo que me pasó a mí.
Durante muchos años hubo cosas de mí que juzgué. Me decía que era perezosa, que no podía sostener, que empezaba cosas y después no tenía la energía para continuarlas, que no podía cargar con todo lo que otras personas parecían cargar con tanta naturalidad. Veía a mi padre, a mi madre, a mi hermana, veía sus maneras de hacer, de sostener, de responder a la vida, y había una parte de mí que asumía que yo también debía poder hacerlo así.
Entonces intentaba.
Y podía hacerlo por un tiempo. Podía exigirme, empujarme, poner toda mi energía ahí. Pero después algo se caía. Yo me agotaba, perdía el impulso o simplemente dejaba de poder sostenerlo.
Y volvía el juicio.
Hasta que llegó el Diseño Humano y empecé a comprender algo que hoy parece tan sencillo, pero que en ese momento cambió profundamente la manera en que me miraba: tal vez no había nada que corregir.
Descubrir que soy proyectora me permitió entender que mi energía no funciona de la manera en que yo llevaba toda una vida exigiéndole que funcionara. Que no necesariamente estoy aquí para sostener de manera constante, para cargar, para iniciar todo desde la fuerza o para demostrar mi valor a través de cuánto puedo hacer.
Empecé a comprender la importancia de la invitación. De entrar cuando hay reconocimiento. De participar mientras el proceso está vivo y verificar, también, si esa invitación sigue existiendo. De saber terminar cuando llega el momento. Y, sobre todo, de cuidar mi energía en esos espacios en los que la vida todavía no me está pidiendo que entre.
Después comprendí también mi raíz abierta y pude reconocer esa presión que tantas veces había confundido con una verdad: tengo que hacer, tengo que terminar, tengo que resolver, tengo que sacarme esto de encima.
Y empecé a preguntarme algo diferente.
¿Verdaderamente tengo que hacerlo?
Parece una pregunta pequeña, pero para mí fue inmensa.
Porque poco a poco empecé a soltar todas esas cosas que quería sostener simplemente porque había aprendido que así debía vivirse. Empecé a reconocer que algunas capacidades que admiraba profundamente en las personas que amo eran de ellas, no necesariamente mías. Que yo podía honrarlas sin tener que convertirme en ellas.
Y ocurrió algo que todavía me maravilla.
Cuando dejé de exigirme tanta energía, tuve más energía.
Cuando dejé de obligarme a sostenerlo todo, empecé a sostener con mucha más fuerza aquello que verdaderamente era mío.
Cuando dejé de pelear con mi manera de funcionar, se multiplicaron mis procesos espirituales, se multiplicó mi capacidad creadora y, sobre todo, se multiplicó mi posibilidad de ser yo en el mundo.
Por eso escuchar ahora hablar de resistencia, energía y sintergia me toca tanto.
No porque necesite que una teoría explique mi experiencia, sino porque me permite mirarla desde otro lugar.
¿Cuánta energía gastamos intentando no ser quienes somos?
¿Cuánta energía se nos va tratando de cumplir con la idea que alguien más construyó acerca de cómo debería ser una persona responsable, exitosa, productiva, espiritual, buena madre, buena pareja, buen profesional?
Quizás una parte enorme de nuestro cansancio no viene de vivir.
Viene de resistirnos.
De intentar mantener una forma que no corresponde a nuestra naturaleza.
Y entonces me aparece esta imagen que escuché asociada a la sintergia: la del superconductor.
Un material que, cuando desaparece la resistencia, permite que la corriente circule sin esa pérdida de energía.
Y no puedo evitar llevarlo a la vida.
¿Y si parte del camino hacia la felicidad fuera convertirnos, de alguna manera, en superconductores de nuestra propia vida?
No porque alcancemos un estado perfecto. No porque nunca más haya miedo, dolor, contradicción o incertidumbre. Sino porque dejamos de gastar una cantidad inmensa de energía intentando convertirnos en alguien que no somos.
En mi caso, abrazar mi diseño no me hizo menos.
No significó decir: “soy así y entonces no puedo”.
Fue exactamente lo contrario.
Cuando dejé de obligarme a funcionar como no funciono, apareció una potencia que antes estaba ocupada peleando conmigo misma.
Y quizás por eso hoy puedo hacer tantas cosas que, paradójicamente, antes no podía sostener.
Porque ya no intento hacerlo todo.
Escucho.
Siento.
Espero.
Entro cuando algo me llama.
Me entrego profundamente cuando reconozco que ahí está mi energía.
Y también estoy aprendiendo a salir cuando deja de estarlo.
Cada vez me interesa menos vivir de acuerdo con lo que alguien dijo que debía ser la vida y cada vez me interesa más descubrir qué pide mi propia naturaleza.
Tal vez Diseño Humano sea una puerta para algunas personas. Para otras será el cuerpo, la naturaleza, la meditación, el arte, la terapia, una crisis, una caminata, una conversación o simplemente ese momento en el que algo adentro dice: no quiero seguir viviendo de esta manera.
La herramienta no es lo importante.
Lo importante es la pregunta.
¿Dónde estoy gastando mi energía intentando ser quien no soy?
Y quizás haya otra todavía más hermosa:
¿Qué podría ocurrir si dejara de resistirme a mi propia naturaleza?
Hoy vivo mucho más cerca de mi corazón. No porque haya encontrado una fórmula para la felicidad, sino porque cada vez necesito menos traicionarme para pertenecer a una idea de cómo debería ser.
Y tal vez vivir el cielo en la tierra tenga también algo de esto.
No construir una vida perfecta.
Sino disminuir, poco a poco, la resistencia entre la vida que quiere expresarse a través nuestro y la persona que creemos que tenemos que ser.
Hasta descubrir cuánta energía estaba ahí desde siempre, esperando que dejáramos de luchar contra ella.