En algún momento de la vida moderna empezamos a creer que la espiritualidad era un lugar aparte.
Un estado especial, reservado para cuando todo estuviera en calma.
Un rincón sagrado al que se llega después de trabajar, después de criar, después del caos, después de la vida.
Y además de ponerla “después”, también la colocamos fuera.
Como si para poder vivirla necesitáramos que la vida se pause:
que los hijos no interrumpan, que la casa esté ordenada, que el cuerpo esté descansado, que nada urgente nos reclame.
O peor aún: como si tuviéramos que alejarnos de quienes están a nuestro lado para “ser espirituales”, como si necesitáramos retirarnos del mundo para sentirnos conectados.
Así, sin darnos cuenta, terminamos creyendo que la vida y la espiritualidad compiten.
Que una solo puede existir cuando la otra se detiene.
Como si estar presentes fuera un privilegio de los momentos perfectos, y no una forma de habitar lo imperfecto.
La frase que me devolvió al cuerpo
Hay una enseñanza zen que se volvió el centro de mi vida:
Antes de iluminarte: corta leña y trae agua.
Después de iluminarte: corta leña y trae agua.
Esta frase lo revela todo:
La espiritualidad no sucede cuando la vida está resuelta.
No ocurre en un paréntesis de calma.
No depende del silencio externo, ni de que nadie nos necesite, ni de que el mundo esté en orden.
La espiritualidad ocurre en medio de la vida.
Sucede mientras cargas agua, mientras crías, mientras trabajas, mientras te cansas, mientras amas, mientras discutes, mientras resuelves.
Sucede cuando respiras hondo en medio del caos.
Sucede cuando vuelves al centro, aunque lo hayas perdido diez veces en un día.
No es un estado perfecto.
Es un retorno constante.
La ciudad y la desconexión interna
Yo viví muchos años en Bogotá, y luego en Chía creyendo que iba a “vivir más tranquilo”.
Pero descubrí algo que creo que muchos compartimos:
puedes estar rodeado de verde y seguir viviendo en la misma prisa interna.
La desconexión no siempre viene del paisaje.
Viene del ritmo interior que llevamos:
la productividad, la velocidad, la exigencia, la mente hiperactiva que nunca descansa.
Podemos cambiar de casa, de barrio, de ciudad…
y seguir corriendo por dentro.
El Potrero como recordatorio, no como escape
Cuando llegué a Potrero de Payogasta, esta tierra me devolvió algo que había olvidado:
mi cuerpo.
Aquí tuve que aprender cosas simples, pero profundas:
- Ir a buscar leña caminando, observando qué cayó del árbol, eligiendo con calma.
- Prender el fuego para calentar el agua.
- Lavar la ropa a mano y terminar diciendo: “¡ay, no fue tan difícil!”
- Estar atenta a las baterías del sistema solar.
- Hacer los oficios del día sin la prisa que define la vida urbana.
Pero el aprendizaje no ha sido “hacerlo todo yo”.
El aprendizaje ha sido distinto:
disfrutar lo que hago cuando lo hago, conectar con mi cuerpo, con el ritmo, con el fuego, con el agua…
y también reconocer cuándo necesito ayuda.
Porque la presencia no está en hacerlo todo sola:
está en saber desde dónde lo hago.
En elegir con conciencia, no desde la obligación ni desde la prisa.
Lo más importante no fue aprender estas tareas, sino entender cómo las vivía.
En vez de sentir que “perdía tiempo”, descubrí que ganaba energía.
Que el cuerpo también se ilumina cuando participa de la vida.
Que los oficios cotidianos —los mismos que desechamos, minimimos o delegamos—
son espacios de presencia.
Aquí descubrí que la vida no necesita ser fácil para ser verdadera.
Y que la espiritualidad no necesita silencio absoluto para respirarse.
Solo necesita que estemos aquí.
La vida real como práctica espiritual
La enseñanza zen no habla de madera ni de baldes.
Habla de algo mucho más profundo:
La espiritualidad real no elimina la vida:
la vuelve sagrada.
No es estar siempre conectada.
Es poder volver cada vez.
No es vivir sin caos.
Es aprender a sostenerse en medio de él.
No es desaparecer la sombra.
Es mirarla sin miedo.
Y otra de las grandes ilusiones es creer que la espiritualidad está “por encima” del cuerpo, como si sentir placer, cansancio o deseo nos alejara del camino.
Pero la verdad es que no podemos vivir una espiritualidad que esté separada de lo que somos.
La espiritualidad real se encarna:
se vive desde el cuerpo, desde el movimiento, desde el gozo, desde la sensación de estar vivas.
Volver al cuerpo es volver al espíritu.
No es escapar del mundo.
Es encarnarlo con conciencia.
Cortar leña, calentar agua, cuidar a los hijos, sentir cansancio, amar, equivocarse, pedir perdón, empezar de nuevo…
todo eso es espiritual.
Porque todo eso es vida.
El regalo verdadero
El regalo más grande que me dio Potrero no fue la quietud externa —aunque la agradezco profundamente—
sino la quietud interna que aprendí a cultivar.
Es la certeza de que:
- No necesito que la vida se detenga para conectarme.
- No necesito que todo esté perfecto para respirar profundo.
- No necesito separarme del mundo para encontrarme conmigo.
La espiritualidad no es elevarse.
Es enraizarse.
Es estar donde estoy.
Es escuchar mi ritmo.
Es volver al centro una y otra vez.
Esa es la iluminación cotidiana.
Esa es la práctica real.
Ese es el movimiento del alma.
Cortar leña antes y después.
Seguir viviendo.
Seguir volviendo.