
Había una vez una pata que vivía en un lago. Sabía nadar, sabía quedarse cerca, sabía cuidar a sus patitos. Había aprendido todo lo necesario: a moverse sin hacer mucho ruido, a no alejarse demasiado, a sostener el ritmo del agua para que todo estuviera en calma. Y durante mucho tiempo, eso fue suficiente.
Sus patitos la seguían. Confiaban en ella. La necesitaban. Y ella estaba. Siempre estaba.
El lago era conocido. Todo ocurría dentro de sus bordes, todo tenía un lugar. Y ella también.
Pero, poco a poco, sin que nadie lo notara, algo en ella empezó a cambiar.
No fue de un día para otro. Fue algo suave, casi imperceptible, como cuando el agua baja apenas su nivel y nadie lo ve… pero algo ya no es igual. A veces se quedaba quieta más de lo necesario. A veces sentía que el aire le faltaba un poco. A veces miraba lejos, sin saber por qué.
Hasta que un día levantó la cabeza.
Allá arriba, más allá del lago, vio algo que no sabía explicar. No nadaba. No se quedaba. No parecía necesitar sostener a nadie. Se movía de otra forma.
Y, sin embargo, algo en ella sí lo sabía.
No como un recuerdo claro, no como una imagen precisa, sino como una sensación antigua, casi olvidada. Como si hubiera sido ella. Como si en algún lugar, antes de este lago, antes de este ritmo, hubiera conocido esa forma de moverse.
Bajó la mirada. Volvió al agua. Volvió a sus patitos. Siguió como siempre.
Pero algo ya no encajaba igual.
Porque ahora, cada vez que miraba hacia arriba, no solo veía algo distinto… se veía a sí misma. Intentó no mirar. Se ocupó más. Se quedó más cerca. Hizo todo como sabía hacerlo. Pero lo que había visto ya no podía dejar de existir.
Y entonces empezó a sentirse partida. Una parte de ella seguía en el lago, cuidando, sosteniendo, haciendo lo que sabía. Y otra parte, en silencio, miraba al cielo.
El lago, que siempre había sido suficiente, empezó a sentirse pequeño.
Sus patitos lo notaron. Ya no era exactamente la misma. Ella tampoco sabía cómo explicar algo que ni siquiera entendía del todo.
Intentó volver a ser la de antes. Y por momentos lo lograba. Pero ya no encajaba. Porque ahora sabía, aunque no lo dijera, que había otra forma de moverse. Y eso, aunque nadie más lo viera, lo cambiaba todo.
Hasta que un día ya no pudo no mirar.
Y sin saber cómo, sin haberlo practicado, sin tener certeza, extendió sus alas. El movimiento fue torpe, inseguro. Pero fue suficiente.
Y entonces, por primera vez en mucho tiempo, dejó el agua.
El lago quedó abajo. Sus patitos miraron hacia arriba. El agua se movió. El nido quedó en silencio.
Ella no sabía cuánto duraría. No sabía si podría sostenerlo. No sabía cómo sería después.
Pero en el aire, algo en ella volvió a sentirse vivo.
No como antes. No como en el lago. Distinto. Más amplio. Más propio.
Abajo, todo también empezaba a moverse.
Pero eso… aún no tenía forma.
Porque cuando una madre recuerda el cielo, el lago entero tiene que reorganizarse.
Cuento de: Cata Heincke
